Coincidir

Tal vez sea lo más banal, lo más cotidiano en la vida. Seguramente pocos sean los días de tu vida en los cuales tengas la suerte de ver unos ojos que además de verte, te escuchen. Una sonrisa que sea contagiosa y una mirada que transmita paz. No siempre, no todos los días, mucho menos los días de tormenta donde todavía se pueden escuchar los vestigios del año que está yéndose.

De eso se tratan los comienzos, los inicios, las bases de algo se van generando a partir de cosas buenas. Las cosas buenas, o por lo menos las mejores que yo viví, fueron accidentales; de esos accidentes que no te arrepentís, porque los volverías a repetir. La lluvia es indicadora de muchas cosas, para mí es un buen augurio. Cuando después de las 00 horas brindas por un año nuevo que comienza y el cielo se empieza a caer en tu cara y se desliza…porque va a pasar, la lluvia y el año, logras sentir esa adrenalina que es la mezcla de los fuegos artificiales y de las ganas de un nuevo comienzo.

Venía cansada de escuchar historias, alguien quiso escucharme. Escuchar mis locuras, mis vivencias, sin peros. Debajo de la lluvia, ya venía pateando piedras y me acerqué, pude acercarme y dejar de ser terca. Pude dejar mi obsesión con encontrarle los defectos a las personas, dejé que fluya, como la lluvia. Los días no tienen dueño, pero ese primer día del año fue suyo. Se ganó todas las risas que venía rifando durante los últimos doce meses y nadie quiso apostar una ficha más por ellas. Se ganó algunos secretos, la luna brillaba en sus ojos y me hice cargo de ese brillo, de esa luz.

De a poco iba aclarando el cielo, las estrellas salieron y yo seguía esperando que no se termine el fernet. No quería dejar de hablar de cosas que nos pasaron ni dejar de opinar de cosas que no nos habían pasado jamás. No nos rozamos ni las manos, pero no hizo falta, las risas eran suficientes. Por primera vez, en todo lo que va de mi corta vida, pude empezar el año abriendo mi mente y mi caja de secretos delante de alguien que nunca me había siquiera mirado a los ojos. Pero esa noche supe que me entendía y yo a él. De eso se trata, de coincidir.

Yo quiero detener el tiempo, pero sale el sol, amanece con el pasto mojado y el rocío de la mañana. Hacía frío, pero yo me sentía más liviana, me sentí mejor. Tiene una risa que cualquiera pagaría por escuchar, para contagiar un poco. Yo la tuve gratis por una noche, al igual que su atenta mirada a mis historias y disparates. Nos fumamos el último cigarrillo y cerramos el amanecer con el último sorbo. Nos teníamos que despedir pero sé que, por algún estúpido motivo, quería seguir escuchando esa risa, que me mire mientras hablo y que me deje mirarlo. No necesité un abrazo, ni una caricia. Él me había abrazado con su mirada, me mimó con sus palabras y me alegró con su risa.

Cuando llegué, me cubrí del frío y de la lluvia, reposé mi cabeza y deje que el tiempo pase. Me dormí, la mañana siguiente me había despertado con esa extraña sensación de que la lluvia limpió mucho más que las calles. Había limpiado todo rastro de daño que había quedado en mí. Porque, aunque de nuevo todo me salga mal, por fin logré algo en el día menos pensado con la persona menos esperada: coincidir.





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