Locura y libertad

 Me enamore de su locura. De las locuras que hacia conmigo, de todo lo que su locura lo impulsaba a hacer. Lo ame desde un principio así de loco y no quise cambiarlo, aunque quisiera tampoco lo hubiera hecho porque él era loco y yo era libre. EL se enamoró de mi libertad y lo libre que era en todos los aspectos de la vida.

Yo era libre para hablar para pesar y para actuar, dejaba que él sea libre porque yo me sentía así. El me dejaba ser loca y acompañaba mis locuras porque EL estaba totalmente loco. Mi libertad jamás le corto las alas, su locura jamás me limitó.

Me enamore de la locura que caracterizaba hasta su forma de caminar, se enamoró de mi libertad que se veía en la forma que cantaba y bailaba cuando me olvidaba que había gente alrededor. Amaba su locura, esa de pedirme que me quedara desnuda al lado de EL después de haberme amado como nadie lo hizo. Él amó mi libertad, esa que lo contemplaba de lejos mientras EL se quedaba sin voz, se sacaba la camiseta del millonario y tomaba vino de un tetrabrik.

Su locura lo fue alejando, mi libertad no se lo impidió. Un día me encontré sola, con mi libertad, pero sin su locura. Él estaba profesando su religión y no tenía quien lo contemplara haciendo sus locuras. De hecho, no creo que hayamos sido nosotros los que nos equivocamos. No fue el quien falló tal vez, no fui yo quien se equivocó tampoco. Fue su locura y mi libertad la que nos fueron alejando y logrando que esa complicidad se transforme en dos extraños que se conocían a la perfección (o tal vez no tanto).

Su locura no frenó, mi libertad no quiso que frene.  No somos culpables de que esto no funcione, simplemente fueron nuestras mayores virtudes las que nos alejaron tanto que ya no sabíamos de donde veníamos y hacia dónde íbamos. Yo lo quería, el sentía algo por mí, aunque todavía no pude descubrir bien que era, pero desplegué mis alas y volé. El perdió su cabeza por alguien más y siguió con su hermosa locura.

Tal vez mis alas siempre lo esperen para volar juntos, tal vez sus tuercas esperen a que yo las enrosque. El destino nunca fue fiel a mis deseos y mis ganas, esta vez solo voy a dejar que el actúe por mí, pesan mucho las mochilas que uno carga por no saber decir las cosas a tiempo. Quizás sea el destino quien me demuestre que estaba equivocada con respecto a él y sus maniobras poco sutiles con mi corazón.

Nada está escrito, nadie puede asegurar nada. Mientras tanto elijo seguir volando, aunque me falten un par de plumas y espero que EL siga loco, aunque le sobren algunas tuercas.